Los Nuevos Presidentes Socialistas


Salió en varios diaros de América Latina en febrero de 2000: La Prensa (Nicaraugua), Gestión (Perú) y El Panamá América (Panamá)


John Cobin, Ph.D.
(con el socorro de Alvaro Bardón y Carlos Ball en la redacción)

Copyright © 2000 by John Cobin


Santiago de Chile, (AIPE). ­ "Usted sabe," dice P. J. O'Rourke, "si el gobierno fuera un producto, venderlo sería ilegal. El gobierno es un riesgo para la salud. Los gobiernos han matado a mucha más gente que los cigarrillos o cinturones de seguridad desabrochados... Y la más superficial mirada al presupuesto federal es suficiente para condenar al gobierno por falso testimonio, extorsión y fraude...el gobierno debería estar prohibido..."

Hoy en día, se pasa por alto la maldad del Estado. En parte, esto se debe al eficaz adoctrinamiento que los niños reciben en las escuelas del gobierno. Allí se alaba al Estado como campeón del bienestar social y de la producción de bienes públicos.

Se insiste que corrige las fallas del mercado y subyuga al "capitalismo salvaje". Se razona que necesitamos al estado para que haga colectivamente lo que no podemos hacer individualmente.

Sin embargo, los hechos muestran algo bastante diferente. P. J. O'Rourke tiene razón. El estado no es el bonachón que nos pintan.

El profesor Rudolph Rummel ha documentado que los gobiernos mataron a más de 169 millones de su propia gente a lo largo del siglo XX. La mayoría de las muertes ocurrieron bajo regímenes totalitarios de izquierda: socialistas, fascistas y comunistas. Estas son cifras que los candidatos socialistas quisieran que los votantes olvidaran.

Recientemente, tres importantes países sudamericanos eligieron a tres socialistas: Hugo Chávez en Venezuela, Fernando de la Rúa en Argentina y Ricardo Lagos en Chile. Está por verse si los peores elementos de las recetas socialistas han sido erradicados.

La teoría de la elección pública sugiere que todos los políticos sirven principalmente a sus propios intereses y en segundo término al público. La meta principal es ser elegido y permanecer en el poder. Tal fin requiere una cuidadosa planificación. Por ejemplo, los candidatos se dan cuenta que necesitan complacer a sólo 51% de los votantes y por eso pueden escoger políticas que ofendan hasta al 49% restante y todavía resultan victoriosos.

Los políticos exitosos son los que dominan el arte de convencer a la mayoría que van a complacer sus deseos, mientras ofenden, asustan o prometen perjudicar sólo a una minoría.

No nos sorprende que busquen los votos, pero sí debe alarmarnos cuando lo hacen con las campañas de engaños que hemos visto últimamente en América Latina. Chávez lo hizo con descarada demagogia y Lagos con lemas vacíos. De la Rúa aparentaba haber aprendido del fracaso de la hipertrofia del estado argentino, pero apenas llegó a la presidencia, aumentó los impuestos.

Todos los resortes del Estado son utilizados para ganar elecciones. En Chile ENAP, la empresa estatal petrolera, estaba en proceso de aumentar el precio de la gasolina, la mitad de cuyo costo ya son impuestos. Pero la medida fue pospuesta para después de las elecciones. La última cosa que necesitaba Lagos era que ENAP asustara a los votantes, recordándoles que los gobiernos socialistas son famosos por subir los impuestos y supeditar libertades individuales a los sueños colectivistas.

En Chile, Lagos ganó con apenas 51,3% de los votos, mientras su adversario de la derecha, Joaquín Lavín, recibió 48,7%. En esa contienda, la coalición de la derecha realmente logró más votos que la Concertación, pero la extrema izquierda marxista (entre 3% y 8% de los votantes), habiendo sido aplastada en la primera ronda, empujaron a Lagos al triunfo, en la segunda vuelta.

Los gobiernos socialistas del siglo XX a menudo se convirtieron en tiranías, destruyeron la sociedad civil, restringieron la libertad, confiscaron la propiedad privada y frenaron el desarrollo económico. Ojalá que Chávez, De la Rúa y Lagos resulten diferentes, pero para que ello sea así es recomendable no olvidar ni por un instante la ruina nacional provocada por el socialismo de Juan Domingo Perón, Fidel Castro y Salvador Allende.

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